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Nada que ocultar a través del 'naked dress'

Cd. de México (30 mayo 2026) .-05:03 hrs

El vestido desnudo o 'naked dress', nunca ha sido del todo una prenda en sí, sino que ha sido una declaración del cuerpo. Un gesto que atraviesa décadas, desafiando la moral, el pudor y, sobre todo, la idea misma de vestir.

Por eso es que hoy florece esta audaz tendencia, impulsada por las hermanitas Kardashian, las cuales no temen al exhibicionismo y dejan mostrar casi todo el cuerpo en vestidos que, aunque parecen no existir, requieren muchas horas de trabajo porque están perfectamente construidos al milímetro.

"Podemos afirmar que este tipo de vestidos buscan redefinir el control sobre el cuerpo porque ante temas como la identidad, género y autonomía que están sobre la mesa... ¿quién decide que es demasiado?", afirma la experta en moda Araceli Motta.

Es por eso que en las alfombras rojas más glamorosas, donde la moda se ha vuelto espectáculo, hay mujeres que se atreven a lucir su figura, ayudadas por bordados estratégicos o ilusiones ópticas que juegan con la mirada.

Hay que remontarse a los años 60, cuando Yves Saint Laurent entendió que la transparecia podía ser más subersiva que cualquier escote. Su célebre blusa transparente de 1968, con el pecho insinuado, no oculto, fue todo un parteaguas que rezaba que vestir era revelar. Era política, era libertad.

Pero el verdadero escándalo público llegó en 1974, cuando Bob Mackie confeccionó para Cher un vestido casi inexistente para la Gala del Met, pedrería, ilusión óptica y mucha piel. La alfombra roja dejó de ser un territorio seguro. El cuerpo, de pronto, se convirtió en el verdadero protagonista.

En los años 90, el discurso se sofisticó. Gianni Versace convirtió el desnudo en poder con mallas metálicas, transparecias estratégicas, cortes que no pedían permiso. La mujer Versace, por su parte, no se escondía, sino que dominaba. Al mismo tiempo, Jean Paul Gautier jugaba con la provocación como lenguaje, borrando las fronteras entre lo íntimo y lo público.

Luego vino la era de la celebridad como espectáculo, con Kate Moss en los 90 y su slip dress casi invisible, y más tarde Rihanna, quien en 2014 redefinió el término en la Met Gala con un vestido de cristales que iluminaba la piel. No era desnudez, sino un control absoluto de su cuerpo y las miradas ajenas.

En años recientes, el 'naked dress' ha mutado en un ejercicio de precisión técnica. Desde Balenciaga, Demma lo ha reinterpretado con una frialdad casi dínica, mientras que Nensi Dojaka lo vuelve íntimo, delicado, casi susurrado. Y Mugler, en su legado y reinvenciones, sigue siendo sinónimo de anatomía expuesta como arquitectura.

De esta manera, el 'naked dress' no busca escandalizar, aunque lo haga, sino que busca cuestionar. ¿Qué significa cubrir el cuerpo? ¿Qué implica mostrarlo? En una época saturada de imágenes, la transparencia ya no es sólo tela, sino que es discurso.

Y ahí radica su vigencia. Porque cada vez que reaparece, el vestido desnudo no exhibe piel, sino que muestra el momento histórico que la observa a pesar de las voces que proclaman que pertenece al terreno de la vulgaridad y el mal gusto.

Fernando Toledo / Reforma